La palmera de chocolate



Hay pequeñas cosas que en nuestra vida adquieren un significado especial. En mi ciudad hay una pequeña pastelería de esas de toda la vida, en la que hacen unas palmeras de chocolate negro increíbles. Puedo asegurarte que son las mejores palmeras que he probado en mi vida.

Hace varios años iba los miércoles por la tarde a clases de pintura y de camino me pasaba por Casa Brígida para comprarme una palmera y me la comía hasta llegar a la academia.  Era como un ritual, mi palmera y las clases de pintura.

Años después, cuando mi madre ingresó en una residencia lejos e iba a visitarla los fines de semana, siempre pensaba: “El próximo día tengo que llevarla una de estas palmeras”.  A mi madre le encantaba el dulce, pero en especial el chocolate negro y la bollería artesana.

Nunca la llevé la palmera. De la noche a la mañana, se puso muy enferma y en menos de un mes murió. Sin saber realmente por qué.

Sólo sé que al final no la pude llevar aquella palmera.

De vez en cuando paso por delante de la pastelería y me acuerdo de mi madre. Y pienso en lo importante que es no dar el futuro por sentado. No pensar que mañana tendré otra oportunidad porque tal vez mañana no llegue. Tal vez mañana sea tarde o tal vez mañana no pueda volver a ver a alguien a quien quiero.

Tal vez pueda parecer pesimista, pero para mí no lo es. Es un recordatorio de que hay que vivir hoy y dejar de tomar decisiones por miedo pensando en la seguridad de un futuro que no sabemos si llegará.
A veces, cuando me pongo triste por alguna circunstancia de mi vida me acuerdo de mi madre y me digo “Prohibido amargarse ¡que la vida son dos días!”

Esta semana me comeré una de esas palmeras. Lo prometo.

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